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Capítulo IV de “Solo yo me salvo”

—Atent@s a lo que viene. Caperucita Progresista se acercaba a casa de su abuelita, una ciudadana cronoavanzada pero en pleno dominio de sus facultades y consciente de sus derechos y obligaciones como ciudadana de una república tolerante, cuando se le acercó el lobo interesándose por los contenidos de su multitáper. Su pregunta no podía en absoluto ser catalogada como indebida ingerencia en las opciones libres de adquisición, sino más bien justificada por la indigencia de un animal marginal infraalimentado, inserto en una sociedad primitiva —por culpa de la explotación de un gobierno ultraderechista— previa a la implantación de la exitosa campaña gubernamental “nutrientes para tod@s”. Caperucita contestó que llevaba un preparado de biofidactivos y barritas de Niacina y Tiamina totalmente bajo en calorías para su abuela, no porque ella no pudiera adquirirlo por sí misma en los establecimientos del Ministerio de Salud, sino como modo de fomentar la convivencia intergeneracional y…

Fray Malaquías Winkle asistía como oyente a la clase. Las tres criaturitas, de unos seis años y muy hermosas, miraban a Cruz de modo desafiante. No se podía negar que siguieran con atención el cuento, pero parecían filtrar las palabras críticamente, abriendo bien los ojos, tomando notas en sus cuadernos-pantalla mediante el deslizamiento de sus deditos finos e infantiles. Cruz le había explicado que el Departamento de Innovación Pedagógica estaba entusiasmado con esta nueva metodología de relato oral, y había promocionado su utilización por medio de incentivos. L@s infantes, sentados en el suelo, interrumpían de vez en cuando los tonos modulados de l’enseñante con preguntas o comentarios espontáneos.

—Quiero hablar, quiero hablar —exclamó un querubín de grandes ojos verdes y pequitas.

—Por supuesto, Bibiano, por supuesto. Te escuchamos.

—A mí las barritas de Niacina y Tiamina totalmente bajas en calorías marca Danone me hacen vomitar. Le tengo prohibido a mi progenitor B que me las compre, pero cuando voy a casa de la novio de mi progenitor A me las pone, el muy cabrona. Pero las de Suchard son megacerolas. Me gustan mil veces más.

—Sí… tienes razón —exclamó Cruz entusiasmado—. Tomo nota. Tienes mucha, pero que mucha razón. Así me gusta, que participéis en clase. ¿Hay alguien que quiera hacer más comentarios?

Ningun@ de l@s tres infantes contestó, y, al cabo de unos segundos, Cruz prosiguió el relato.

—Entonces Caperucita Progresista se acercó a la cama de quien creía su abuela, y le comentó: “Jénifer, ¿cuánto hace que no has ido al dermoesteta a que te miren el vello?” A lo que la falsa abuela contestó: “Niña, sin ánimo de corregirte en modo alguno, considera que tengo el derecho a no recibir injerencias externas en mi privacidad hormonal”. Pero Caperucita insistió: “Jénifer, te pueden hacer una rebaja del veinticinco por ciento si adjuntas cien envoltorios de las barritas que te traigo”.

Una niña de pelo rubio y piel marrón, tan guapa como los otros dos y fina como una muñeca de porcelana, alzó la voz sin pedir permiso, como si hubiera estado esperando el momento de imponer su protagonismo:

—¿Y es ahora cuando el lobo se la folla?

—No, je. No te adelantes… Quiero decir, je… No, Aitzíber, no conviene adelantarse… Esto, perdón, quiero decir… todavía no… hacen el amor.

—Hala… Me has prohibido. Eso es falta siete. ¡Tengo derecho a preguntar, jo…!

—Sí, claro… je, nadie te lo discute. Por supuesto. Sólo te decía que es mejor esperar… un poquito, eso es todo.

Pero Aitzíber se había enojado de veras. Sin más explicaciones, se levantó de su asiento y salió del aula dando una patada al panel de madera. Cruz puso cara de verdadero pánico mientras la veía cruzar el pasillo en dirección al Sindicato de Estudiantes.

—Aitzíber, en serio… Era broma. No te enfades, no… Ay, lo siento.

—Falta nueve, gritó la niña desde el otro extremo del pasillo.

Cruz pretendió proseguir con su relato, pero delataba una genuina conmoción. En cualquier momento podría llegar el representante sindical.

—Pues eso… Je. El leñador, machista y prepotente, irrumpió armado con su hacha en el domicilio de la abuelita alegando que el pobre lobo poseía armas de destrucción masiva. Y, hablando en su inglés de wasp republicano, se dirigió a las figuras que se recostaban sobre la cama y …

—¡Enseñante Cabezón! —bramó una voz infantil que devino un agudo gallo. Se trataba de un chico de unos doce años muy bello y con cara de pocas bromas—. ¿Es cierta la acusación de Aitzíber? ¿Es cierto que le has prohibido? ¿Y por partida doble? ¿Te das cuenta de que has vulnerado el artículo tres de la Ley Orgánica de Estupenda Educación?

—No, je —contestó Cruz—. No ha sido así exactamente… Prohibir, lo que se dice prohibir… no exactamente… Yo lo que quise decir…

—¿Estás insinuando que mi representada miente?

—¿Mentir? No, qué va, je. No, es sólo que… A ver si me explico. Ella ha sentido que le he prohibido. Eso es. Ella lo ha sentido en su interior. Para ella es cierto que le he prohibido. Pero no ha sido así en mi realidad. Es decir, para mí no ha sido una prohibición, sino más bien un despiste, ¿entiendes?

—Representante… Soy un cargo oficial, te recuerdo.

—Ah, sí, ¿entiendes, Representante? Es un caso de doble percepción. Ni ella miente, ni yo he querido prohibirle. No… no tiene importancia, la verdad…, Representante.

—Bueno, eso lo decidiré yo —replicó el joven frunciendo el ceño aún más—. Cuando termine la clase tomaré declaración a l@s otr@s dos aprendientes y revisaré la grabación. Pero, como poco, te advierto que te caerá una sanción ejemplar. Estas cosas no se pueden tolerar hoy día. ¿Está claro?

—Sí, je… De acuerdo.

—Representante…

—De acuerdo, Representante… Que tengas un buen día, Representante.

Cruz no consiguió acabar el relato. Al poco rato, los dos niños que quedaban declararon que se aburrían y que preferían jugar con la Virtual Warfare. Cuando se quedaron solos, Fray Malaquías se quedó mirando en silencio. Cruz parecía ser presa de un nerviosismo agudo, pero hacía esfuerzos ímprobos para sobreponerse. Tras unos minutos de ademanes involuntarios, alzó la voz:

—La educación siempre ha sido una tarea difícil, ¿verdad? No sé cómo sería en tu tiempo, pero ahora lo es. Sin duda.

Fray Malaquías no respondió.

—De todos modos, me gusta que nuestr@s invotantes sean así, de verdad. Me encanta que desde muy temprano tengan conciencia de sus derechos. Sólo así en el futuro serán un@s habitantes de pro. La verdad, me enorgullece tener a l@s estudiantes que tengo. Te lo juro por mi talante.

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