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Reseñas de “Solo yo me salvo”

ABC Cultural, no. 1062, 13 Octubre 2012, p. 22.

LA RAREZA POSMODERNA

Solo yo me salvo

ACB Cultural 13 Oct 2012Lo que más me interesa destacar de estos relatos de Carlos Villar Flor es la estructura del libro, su consciente ramificación a partir de un núcleo central que puede ser tomado como una narración utópica regresiva. En este sentido, estos ocho cuentos tienen deudas importantes, definitivas, con Un mundo feliz, con Faherenheit 451, con narraciones del siglo XX donde la distancia ejerce un papel esencial en la comprensión de aquello que se cuenta. La ironía. por tanto, el humor, sería el rasgo destacable de esta obra, pero un humor, y esto es importante, que la emparenta con la visión amarga de nuestra tradición picaresca. Y señalo esto porque Carlos Villar Flor ha sabido sacar la parte más noble, sutil y excelente de esa tradición son incidir en absoluto en el viejo realismo, y menos en un costumbrismo rancio.

Parecería que en la nouvelle que da título al libro el multiculturalismo, la sociedad de la tolerancia blanda, estaría suficientemente escarnecida con solo darle la vuelta al guante. El autor ha ido más allá y nos sumerge en la anomia posmoderna, esa rareza que permite que lo que tenemos a mano nos parezca lo extraño, en una apoteosis del desarraigo sin parangón. En este sentido, Solo yo me salvo es uno de los libros más inteligentes con los que me he topado en nuestro panorama narrativo último.

JUAN ÁNGEL JURISTO

ABC Cultural, 13 de octubre 2012

Revista Ambos Mundos (Suma cultural) 16 noviembre 2012

Hace unos meses, Carlos Villar Flor (Santander, 1966) publicó su segunda novela, Mientras ella sea clara, una entretenida, exagerada y enrevesada historia amorosa con la que este autor, doctor en Filología Inglesa, traductor, profesor y director de la revista literaria Fábula, volvía a demostrar su buen oficio como escritor y su inteligente sentido del humor.

Solo yo me salvo y otros relatos del tiempo sobrante está compuesto por una novela corta, Solo yo me salvo, y una colección de relatos que el autor ha escrito en los últimos años con los que ha ganado algunos premios literarios y que han sido publicados en revistas. Tanto en la novela corta, que ocupa la mitad del libro, como en los relatos demuestra Villar una aguda capacidad para analizar, con mucha ironía y humor, algunas obsesiones contemporáneas.

Solo yo me salvo tiene un argumento ciertamente divertido. La novela está ambientada en una futura España –que ya no se llama así sino República Tolerante de España, con capital en Logroño– donde han cristalizado todas las reivindicaciones políticamente correctas de la sociedad actual, convertidas ahora en mandamientos inamovibles que marcan el ritmo de una sociedad moderna basada en los principios radicales de la tolerancia y la libertad absoluta. En esta sociedad futurista aparece de pronto un monje, Malaquías Winkle, que ha vivido recluido en su monasterio durante los últimos años, olvidado del mundo y de las nuevas leyes que marcan el camino de la República Tolerante. Este monje no ha cumplido con su obligación de reclamar la eutanasia activa a los 71 años, cuando se ha decidido que los ciudadanos pongan fin a su vida de manera voluntaria y optimista. La irrupción de Malaquías levanta todas las alarmas en esta sociedad, pues nadie se había saltado las normas, y menos una persona “ultrarreligiosa” que representa lo peor del pasado.

A Malaquías le hacen un juicio rápido para que cumpla con sus obligaciones como ciudadano y es condenado a la eutanasia. Pero antes de morir, vive una serie de experiencias con las que el autor, con un sarcasmo muy agudo, crítica el absurdo y el ridículo de muchos tics de la sociedad actual, empeñada en violentar a la naturaleza o imponer por la fuerza de la tolerancia una serie de modos de vida contrarios a la condición humana.

Todo esto lo hace el autor con mucho sentido del humor, la mejor arma para dejar en evidencia los errores educativos actuales, el igualitarismo radical en el lenguaje, los excesos de la ideología de género, el ridículo de la sexualidad a la carta, la desaparición de la religión (menos los islamistas, dueños de la situación) y los equilibrios de los políticos para huir de cualquier toma de posición que parezca sectaria. En una novela de estas características y con estas pretensiones, lo difícil es mantener el tono y el interés. Y Villar lo consigue con mucha imaginación, poniendo el dedo en la llaga de la inconsistencia de muchas de estas reivindicaciones.

En el resto de los relatos salen también temas muy actuales, críticas a determinadas formas de vida, sorpresas argumentales y relatos arriesgados en su planteamiento, como “La ballena de Jonás”, donde vuelve a utilizar el humor para abordar cuestiones de más peso.

Revista Literaria Fábula, nº 32 (primavera-verano 2012), pp. 82-84

ANALIZANDO EL PRESENTE, PREVIENDO EL FUTURO

Gonzalo Martínez Camino (Universidad de Cantabria)

En el epílogo auto-exculpatorio que sigue a estas ocho trabajadas narraciones, el autor desea excusarse por la heterogeneidad de los textos y, al mismo tiempo, explicar algunas cosas de su génesis. Sin embargo, el lector puede encontrarse con elementos comunes no solo a las ocho historias, sino también a la narrativa de Villar Flor. La amenidad y el humor son un ejemplo; la gratificación de unas tramas bien construidas, que dosifican la información para intrigar al lector y que este mantenga su atención sin dificultad; los personajes están bien caracterizados, son figuras con fuerza propia con los que es fácil establecer un vínculo intelectual o emocional. En definitiva, el autor perfila en estas narraciones a un ramillete de personajes atractivos y, a veces, rotundos, cuyas actuaciones llevan al lector a viajar por historias interesantes, edificantes e inquietantes, pero trabadas sin fisuras en las que vivirán situaciones diversas, pero siempre peculiares, cuando no pintorescas, y seductoras.

Todo esto se encuentra subordinado a la enorme capacidad del autor para la observación y disección, a veces amable, como en Mientras ella sea clara, a veces despiadada como en Calle menor, no de lo normal, sino de los monstruos que engendra el sueño humano de normalidad, de lo que, con el sociólogo norteamericano Harold Garfinkel, podríamos denominar los métodos o prácticas para construir cauces colectivos que normalicen nuestras conductas. Villar Flor es un agudo observador de las distintas formas de irracionalidad y mezquindad que se esconden en los métodos a través de los cuales sus personajes se esfuerzan en ser «tribu» y sus narraciones buscan darle la vuelta como si fueran un calcetín.

La novella que da título al libro comienza cuando el nonagenario monje Malaquías Winkle se despierta en una casa que no conoce ante el espectáculo de la «bestia con cuatro piernas enredadas». Las cuatro piernas son las de una pareja de personajes que le acogen en su casa mientras el estado decide qué va a hacer con esta persona a la que no se le ha aplicado la preceptiva eutanasia al cumplir los setenta y un años, edad a la que un Comité Nacional de Bioética “formado por científic@s, premios planeta y lo mejorcito del mundo del espectáculo” ha decido que las personas dejan de aportar a la sociedad para convertirse en cargas. La narración abarca el lapso que es necesario para que el gobierno de la III República Española decida cómo afrontar esta situación. Durante el mismo, el autor aprovecha la relación entre el protagonista y sus «anfitriones» para pasar revista a distintos aspectos de esa futura sociedad española y sus instituciones: su sistema educativo, su sistema de justicia, su tecnología, sus religiones, sus cosmovisión, etc. El lector podrá, en consecuencia, disfrutar de una distopía o utopía negativa. La base de la misma es la proyección que Villar Flor hace de ciertos rasgos negativos de nuestro presente hacía un futuro posible.

En este sentido, Solo yo me salvo emparenta con algunas obras maestras del siglo XX: 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451, etc., pero haciendo una aportación que no es pequeña, su humor satírico; este la diferencia de todas estas obras y la enraíza en la visión desengañada del mundo tan propia, desde el Lazarillo, de la tradición cultural española. Esta imagen inicial de “cuatro piernas enredadas en una cama y nadie sabe de quién es cual”, que Villar Flor toma de C.S. Lewis, puede ayudarnos a comprender en qué consiste la naturaleza de su sátira: buscar el revés de lo cotidiano, buscar los monstruos que se esconden tras los esfuerzos humanos por construir lo ordinario. El monje Malaquías es el «instrumento» retórico que utiliza para poder observar, desde la distancia del forastero, los modos de hacer de una cultura occidental y cristiana que antes era la suya, pero que ha evolucionado hasta hacerse irreconocible. En este sentido, la incomprensión y el anonadamiento que producen en él la visión de esta escena inicial es sintomática de la perplejidad con la que se va a enfrentar a este nuevo mundo.

Lo que para los miembros de esa cultura es perfectamente lógico, no deja de estar plagado de contradicciones y absurdos, las de una sociedad que es tan tolerante que no puede tolerar nada que no responda a su propia ideología, pues resultaría aceptar una rebaja en los estándares éticos, excepto, por mor del multiculturalismo tolerante, la propia intolerancia de un islamismo radical y militante. Ahí es donde el autor inca su «bisturí» satírico y nos permite a nosotros, los lectores, reírnos con cosas que, en el fondo, serían capaces de hacernos llorar. No obstante, no debemos engañarnos, esta obra no pretende ser un efímero «escarnio» de un efímero obnubilamiento ideológico en el que la sociedad española habría caído momentáneamente durante unos años. La conversión del sistema judicial en un espectáculo mediático, la permisividad de comportamientos tiránicos en niños y adolescentes por el miedo a que los adultos se comporten de forma tiránica con ellos, el planteamiento de la eutanasia como solución a los desafíos demográficos son problemas que van más allá del propio zapaterismo, o dicho de otra manera, el zapaterismo no deja de ser una plasmación epifenoménica de lo que Daniel Bell llamó las contradicciones culturales del capitalismo, propias de una sociedad del espectáculo (Debord) que se adentra en la era del vacío (Lypovetsky). En este sentido, creemos que la sátira de Villar Flor cumple el papel de desvelarnos este inconsciente político que anida tras el «marketing electoral» de las ocurrencias zapateriles.

El etnolingüista británico Philip Riley comenta que la globalización produce el curioso efecto de que en muchos lugares la «extranjería» sea la forma de identidad predominante y que lo extraño sea lo «local», lo arraigado. El inconsciente político que, a mi juicio, permite la peripecia narrativa de “Menores acompañados”, “El convite de Brian”, y yo añadiría el “No estamos en Irak (nadie se salva)”, es el de la anomia (post)moderna: la ausencia de normas culturales que permita al sujeto la percepción de una matriz social en la que reconocer una identidad colectiva y construir una identidad individual. A mi juicio, es la incapacidad de una cultura para ofrecer una explicación o sentido transcendentes de la existencia la que conduce a esta situación de anomia. La trama de “Noche zamorana” se estructura sobre la base de esta necesidad existencial que nuestra cultura es incapaz de satisfacer. De la anomia y de la «intranscendencia» propias de nuestra cultura, brota la incomunicación y la perplejidad que son el humus del que brota la narración de “La ballena de Jonás”.

Creo que estos rasgos de nuestra cultura son las claves que nos permiten comprender el ejercicio satírico que Villar Flor lleva a cabo en la distopía Solo yo me salvo: anomia, desestructuración cultural, desorientación moral y ética e incomunicación. ¿Dónde está la salvación? En la colección hay lugar para el optimismo. Nos la ofrecen los relatos sobre la sorprendente conducta de Bonifacio. Cuanto más sorprendente nos resulte más cerca estaremos del mundo que tan extraño le resulta a Malaquías Winkle.

Diario La Rioja (GPS), 1 de junio de 2012

“El delito de vivir”, por Alonso Chávarri

El delito

Diario La Rioja (digital) 23 de abril de 2012

Villar Flor edita “Solo yo me salvo” un sarcasmo bienhumorado sobre el futuro
La tensión ideológica y religiosa, la colisión de la cultura judeocristiana con el Islám, la teocracia como sistema de organización política y el conflicto del lenguaje y su evolución, son asuntos que también tienen su espacio en la obra.

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Agencia EFE
Logroño, 22 abr (EFE).-
El escritor cántabro afincado en La Rioja Carlor Villar Flor ha publicado su nueva novela “Solo yo me salvo”, una historia de ciencia ficción distópica y sarcástica, una broma ácida sobre la España de 2050 contada desde el humor y abocada al absurdo.
Villar Flor (Santander, 1966), filólogo y profesor de literatura inglesa en la Universidad de La Rioja, simplifica así, en una entrevista con EFE, el contenido de “Solo yo me salvo” (Valnera Literaria), su tercera novela, una sátira que se desarrolla en Logroño, capital en 2050 de una España republicana atravesada por múltiples y angustiosos miedos.
El autor, novelista y poeta, que dirige la revista literaria “Fábula”, de la Universidad de La Rioja, publicación que milagrosamente ha llegado al número 31, señala como paso previo que la antiutopía o utopía maligna que ha escrito sobre el futuro de nuestros hijos y nietos no le lleva “a la amargura” porque no es un “pesimista de fondo, solo de corto plazo”.
El escritor llama distopía o antiutopía a una utopía perversa donde la realidad transcurre en términos opuestos a los de una sociedad ideal y Villar Flor, profundo conocedor de la literatura anglosajona, admite que ha bebido en las fuentes de Aldous Huxley (Un mundo feliz) y Ray Bradbury (Fahrenheit 451) para escribir esta novela.
Estamos en Logroño, la capital de una España gobernada por un partido llamado Islám Unido (IU), una ciudad hostil, sucia, donde todo es ruina humo y asco y cuyos habitantes tienen una vida con fecha de caducidad, los 71 años, edad a la que el día de su aniversario las personas se besan en la boca en una especie de ósculo mortal (dead kiss) que termina con sus vidas.
Pero alguien se ha salvado de este destino tan fatal como puntual; se trata de un monje llamado Malaquías Winkel (nuevo retorno a la literatura anglosajona), un nonagenario recluido en un monasterio que aparece en Logroño vivo y con buena salud por un defecto en el sistema del control vital de los ciudadanos destinados a morir a fecha fija.
Dos nuevos personajes, Feli y Cruz acogen al fraile, un personaje de cuento, un ingenuo con la inocencia de un niño con todo por aprender a quien sus benefactores hacen recorrer todos los ambientes, todas las instituciones, de la escuela la iglesia, del Ministerio de Salud a los centros comerciales en un nuevo y doloroso aprendizaje.
Este transitar del fraile Winkel y sus cicerones por un mundo inédito para él permite al autor del relato analizar las cuestiones que le preocupan: la multiculturalidad, la educación, la lengua, la religión, la dialéctica tolerancia-intolerancia y otras cuestiones del debate ideológico y político actual.

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